"EL artista contemporáneo se queja, frecuentemente, de que esta sociedad o esta civilización, no le hace justicia. Su queja no es arbitraria. La conquista del bienestar y de la fama resulta en verdad muy dura en estos tiempos. La burguesía quiere del artista un arte que corteje y adule su gusto mediocre."
Decía José Carlos Mariátegui en su artículo denominado "El artista y la época", publicado en la revista Mundial, en Lima, el 14 de octubre de 1925.
Y hoy, lo expuesto por el Amauta hace casi un siglo, cobra una vigencia extraordinaria. En estos tiempos en que se banaliza el arte y se le quiere restar contenido, privándolo de ese compromiso político y emoción social, que lo hacen auténtico.
Algo que el gran mimo Jorge Acuña Paredes nos lo decía sin palabras en aquellas mañanas de fines de los años 60 o los 70, en la antes señorial y aristocrática plaza San Martín, que la migración tornó en popular y hasta populachera.
Tuve la dicha de verlo a inicios de los 70, en mis largos paseos por el centro, cuando acudía a la Escuela de Música, en Emancipación. En aquellos días en que fui encontrándome conmigo mismo.
El mimo tomaba la plaza, trazaba un círculo de tiza, se maquillaba y reunía en torno suyo a curiosos viandantes: migrantes, desempleados, estudiantes que se hacían la vaca, trabajadores que pasaban ocasionalmente por el lugar, ladrones, admiradores y seguidores, a los que entregaba su preciado arte, de refinado carácter y contenido popular, de una pureza estética, pero abierto a la intuición de las masas, a los corazones simples y a las mentes llanas, pero ávidas de experiencias. Todo por las monedas que se le pudiera dar cuando pasaba el sombrero, o por las risas y expresiones de satisfacción que recibía por su actuación.
Es verdad que el suyo fue un arte venido de afuera, pero su experiencia en los pueblos del Perú (acompañando al grupo Histrión de lo hermanos Velásquez o en la docencia en Ayacucho, o en el TUSM) le permitió dotar a su creación de una impronta cultural nativa y muy diversa, aunque su elevada expresión nunca perdió esa proyección universal, que lo llevaría luego a otros países.
Jorge Acuña fue un auténtico artista, alguien que supo vincular el talento con la realidad y entregar su arte al pueblo, como los antiguos griegos y romanos, como Shakespeare, como Moliere y la comedia francesa. Como el teatro popular de los 60 y 70, que lo acogió y el supo enriquecer.
Algo que necesitamos recuperar, en estos tiempos en que las palabras arte y artista resuenan muy poco, y están tan desvinculadas de la realidad, cuando podrían ser ese estruendo que necesitamos para despertar y empezar a tomar el rumbo que requerimos trazar, el que la cultura y la política deben pergeñar, sin descuidar que no se trata de dar recetas ni encorsetar la creatividad, pero sí orientar, guiar, encontrar uno o más caminos... experimentar para descubrir y aplicar.
No será hoy, quizás mañana, cuando las voces se unan y sientan la necesidad de expresar ese anhelo de una vida mejor. Será entonces cuando, los que pueden entregar su arte, se hagan presentes para alcanzar los nobles ideales de la humanidad, que otros mantienen ocultos o quieren que olvidemos, pero que más pronto que tarde despertarán.